lunes, 4 de mayo de 2009

La ciudad de los poetas


El Heraldo de Tabasco
4 de mayo de 2009
Luís Alonso FrenándezVillahermosa, Tabasco.- Nadie sabía señor, continuó diciendo el ciego después de refrescar su garganta con un delicioso licor de de ciruelas en una copa de crista que puso en sus manos una doncella. Nadie sabía quién ni cuándo se comenzó a labrar la piedra. Algún artista, decían, labró un portal, luego otro profundizó en la piedra creando una sala, otro más hizo junto a la primera otra fachada, y más salas, recámaras, luego calles, fuentes. Por un lado de la peña, casi bordeándola, pasa un rio cuyas aguas bajan de unas montañas que se ven sobre el horizonte, y en sus orillas crecen palmeras de dátiles, naranjales y otras frutas que atraen animales de caza, por lo que no es difícil vivir allí. Además de los secretos del labrado de la piedra, aquellos hombres cantaban por las noches las canciones de sus lugares de origen, alrededor de las hogueras. Cada extranjero aportaba una nueva canción, una tonada, una nota, y aprendía a su vez las de los otros. Cuentan que una vez pasó por allí un tal Homeiro, hombre hábil en la composición de versos. Dicen que era tan ciego como yo. Después que abandonó la Ciudad de los Cantos compuso dos largos poemas donde narraba las hazañas de hombres y dioses peleando por una ciudad y una mujer. Por desgracia esos poemas se perdieron en las arenas del tiempo. Yo permanecí en ese maravilloso sitio por diez años. En realidad no me interesaba componer versos sino conquistar el amor de las doncellas, y por un tiempo desatendí esas reglas, contentándome con aprenderme de memoria los que componían otros, para recitarlos en los oídos de las amadas.Todos en la sala, incluyendo al califa, permanecieron callados y expectantes cuando el ciego detuvo su narración. Después de beber otro trago de vino, continuó:---Les confieso que no lamento haber cambiado una dicha por otra, pues si bien, dicen, crear cantos bellos produce un grato placer al alma, besar unos labios frescos no lo produce menos. Sin embargo pude reconocer que aquellos hombres tenían un don inigualable en lo que a trabajar las palabras se trata, buscaban la mejor para cada ocasión. Parecía como si las pulsaran para calcular sus pesos y luego las colocaban sobre el papiro una junto a otra, como cuentas de un collar. Al oírlas pareciera que reflejaban la luz del sol. Las voces imitaban el canto de los ángeles cuando aquellos versos eran cantados por mujeres. Parecía escucharse el trinar de las aves y el rumor de olas marinas, el tiempo se cuajaba como leche de cabra. Eso escuché, y no le di el valor justo a todo eso, pero ahora las he rescatado del amasijo de mis recuerdos y no sólo me acompañan en mi peregrinar por la tierra sino que me permiten sobrevivir... Gran señor, preferido de Aquel que Todo lo Sabe, ¿puedo retirarme para continuar con mi penosa vida de pordiosero por las calles de la ciudad?---¡No!, exclamó el califa. Ya no tendrás que preocuparte por tu sustento. Desde hoy vivirás aquí en palacio y comerás lo mismo que yo.---¿Y a cuenta de qué habré de disfrutar semejante gloria, mi señor? ---Porque tú nos llevarás a la Ciudad de los Cantos, respondió el califa, y con esto también dijo al visir que se hiciera cargo de los preparativos para formar una caravana. Dicho esto el califa se levantó abandonando de inmediato la sala. El ciego fue instalado en una recámara, atendido por tres doncellas. Antes de dejarlo solo, el visir le preguntó su nombre.---Me llamo Samuel, respondió el ciego.---Samuel qué, inquirió el visir.---Samuel el ciego, respondió el otro.Acostumbrado a comer una sola vez al día, cuando esto era posible, ahora disfrutaba de ricos manjares, bandejas llenas de frutas y botellas de exquisitos vinos, siempre al alcance de sus manos a la hora que fuese. Dormía sobre suaves cojines, y las doncellas que lo atendían se divertían con su plática mientras lo bañaban con aguas perfumadas con esencias de flores, le cortaban el pelo y limpiaban sus uñas. Todos los días el califa lo hacía llevar a su presencia para que le contara más sobre aquella anhelada Ciudad de los Cantos, mientras disfrutaban los guisados picantes de carnero y los rojos vinos del norte.Un día, Samuel comenzó su narración diciendo: Escuché una vez decir que algunos hombres que estuvieron allí adquirieron fama de sabios en otras tierras. Se hablaba de un tal Pretágoras o Pitígoras, no recuerdo bien el nombre, que estudió allí las ciencias de la música y de las matemáticas, y cuando llego a su país fundó una religión basada en esos conocimientos. Él decía que el número era la esencia de todo lo existente, que la armonía del universo era una razón numérica, y por eso todo era ritmo. El Universo, las celestes esferas que lo constituyen, los astros inscritos en ellas, y los seres que habitamos el mundo, en el centro de todo, desde los colosales monstruos que habitan en los abismos marinos hasta los diminutos seres que pululan en el suelo, emitimos música. Aquel que pueda escuchar las notas de esta melodía se volverá inmortal y podrá caminar sobre las aguas.---Cuando estuviste allí, ¿viste a alguien realizar esos prodigios?, le preguntó el visir.---No, respondió el ciego, pero conocí a un discípulo de Pretágoras, un tal Crato, diestro en la ejecución del arpa y gran matemático. Él llegó a la ciudad siete años después de la partida de su maestro, quien fue perseguido en aquellos lares por los que se sintieron disgustados con las enseñanzas que impartía a la juventud, y la persecución se ejerció también sobre los discípulos. Crato tuvo que cruzar el mar y luego el desierto para llegar a la ciudad que les había descrito su maestro.Mientras el mendigo, ahora habitante del palacio, contaba sus historias, los días pasaban. Los astrónomos escudriñaban el cielo, preocupados porque aún no aparecía la estrella Cirio, la luminaria más hermosa del cielo nocturno, en la constelación del Can Minor, siguiendo a Orión el cazador, protector de los viajeros. Por su parte el visir no se permitía distracciones con los preparativos del viaje, al cual irían quinientos soldados de la guardia personal del visir, montados sobre alazanes blancos, más cincuenta cocineros, cien criados y cincuenta caravaneros a cargo de alimentar y cuidar a los animales que transportaban los aperos y comestibles.El mendigo comenzó a ponerse inquieto pues la fecha de partida se acercaba, el visir le preguntó por el motivo de aquella inquietud y él le respondió que se debía a que lamentaba dejar las comodidades que ahora disfrutaba, pues conocía muy bien la vida en el desierto como para no sentirse triste cuando disfrutaba tres comidas al día, lecho cómodo y la compañía de hermosas mujeres.---¿No será, dijo maliciosamente el visir, que tienes miedo que se descubra que todo cuanto nos has contado son mentiras?---Apuesto mi cabeza que todo es cierto.---Ya veremos, sentenció el visir. Con tu mano derecha basta, que eso es peor que perder la vida. (continuará).
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