viernes, 8 de mayo de 2009

Jorge Sarquís UN ASUNTO FAMILIAR VIII



-¿Por qué lado le llegamos, por el camino que atraviesa la estación o por acá por la vía?

-Jale asté por el camino largo y junto a la malla le´nseño asté; es por on´ta el amate. Mariano echó reversa y volvieron por el mismo camino que habían llegado. Pasó nuevamente por el estacionamiento y tomó el rumbo del camino principal de la estación, atravesando las viejas vías del antiguo tren interoceánico que dividían a la estación experimental en dos partes. La más alta, donde se ubicaban las oficinas, los talleres, la loma donde se hallaba la casa de campo, los amplios jardines y junto al río el lote J-1. Pasando las vías del tren, de oriente a poniente la secuencia en abecedario de los lotes de la “A” a la “H”; cuarenta hectáreas en total. A su paso por donde comenzaba la parte revestida del canal Mariano notó que los observaba un nutrido grupo de trabajadores que limpiaban la plantilla del canal con las piernas en el agua a media rodilla; todos voltearon a mirar hacia la camioneta. Más adelante, los hombres del equipo de riego, caminando entre los surcos con los tubos de aluminio al hombro, también se dieron cuenta del visitante que acompañaba al jefe de la estación; varios voltearon a verse y comentar algo con Juvenal hijo.

–Esa es mi casa señor ingeniero -dijo el viejo Juvenal señalando hacia una pequeña casa de tabique con techo de palma a unos cincuenta metros de la malla por el costado norte de la estación. Mariano calculó que la casita no tendría más de cuarenta metros cuadrados de superficie. No lejos, a escasos quince metros por un lado y otros tantos en dirección tal que formaban entre las tres un triángulo, se veían otras dos casas, o chozas, parecieron a Mariano; ni más grandes ni más pequeñas que la del viejo, pero no de tabique, sino de adobe y techos también de palma. Estas otras casitas se hallaban cercadas con ramas y palos por los cuatro costados a no más de cinco metros de los muros, creando su propio patio, aunque ninguna de las dos tenía una puerta en la entrada. Entre las casas, media docena de árboles de más de seis metros de altura daban buena sombra al conjunto; Mariano quiso reconocerlos todos pero sólo pudo reconocer un frondoso árbol de mango y un tamarindo que rebasaba a los demás árboles por más de dos metros de altura.

–Ah, mire, tiene usted ahí varios frutales.

–Sólo el mango, el tamarindo y el palo aquel de nanche. Ya nadie me los cuida señor ingeniero, antes yo mesmo los mantenía pero´ra están a lo que Dios diga nomás.

–No le´cha la mano Juvenal o su yerno…?, -aventuró.

–Ellos tienen sus cañales que atender y cada vez tienen menos tiempo; sobre todo Juvenal, desde que entró a trabajar aquí, respondió el anciano.

-Casi que nomás los fines de semana tiene pa´las faenas en sus cañas -prosiguió con la explicación- mi yerno´stá igual o pior, porque se va tempranito todos los días pa´Jojutla de albañil con un compadre allá y no vuelve hasta la noche, en la última corrida; figúrese asté, ya viene a dar a su casa pasadas las diez.

–¡Vaya que la tienen pesada!, coincidió Mariano; llegando al final del camino preguntó: por dónde llegamos don Juvenal? Traigo la llave de esta reja, si quiere podemos salir por acá por las galeras.
–Por este lado es más fácil señor ingeniero, porque por allá del otro lado están metiendo la tubería pa´l drenaje y no puede pasar la camioneta; pero d´ste otro lado subimos por la primera calle; nomas con cuidado con unas piedras que están allí al paso porque ya varios se han recargado allí mucho sobre ellas y han salido raspados o los han tenido que jalar con tractor pa´sacarlos.

-Tendremos cuidado entonces, dijo sonriendo mientras detenía la camioneta frente a la reja; rápidamente se bajó a quitar el candado, abrió las puertas de par en par y regresó al volante; pasó muy despacio sobre los tubos del guardaganado para evitar cualquier malestar a su pasajero, pues los tubos estaban demasiado apartados uno de otro, razón por la que casi no se usaba esa reja para entrar o salir de la estación. -Ahí que se quede abierto, total no tardo mucho en volver, ¿verdad don Juve? -dijo y arrancó por el camino señalado. –El ingeniero se toma muchas molestias para un viejo que no vale la pena –respondió con modestia el anciano. El gesto de Mariano cambió: -A mí no me vuelva a decir eso por favor don Juve. Usted merece todo mi respeto y consideración, se lo digo en serio.

El ascenso por la cuesta hasta la casa del viejo probó ser más difícil de lo que Mariano había anticipado, pero no hizo ningún comentario. Al llegar al sitio donde dos enormes piedras bloqueaban casi tres cuartas partes del ancho de la calle se detuvo totalmente, metió primera y muy lentamente avanzó tan apartado como pudo de las piedras, acercándose a la malla de la estación. Dobló el espejo lateral izquierdo totalmente hacia el interior para ganar con ello veinte centímetros que pudo pegarse más a la malla; la rueda delantera izquierda primero y la trasera después treparon sobre la guarnición que sostenía la malla. Libradas las rocas, Mariano viró la dirección y el vehículo cayó al camino sin mayor molestia para los pasajeros. Treinta metros más adelante don Juvenal señaló la puerta de su terreno. Mariano paró y se bajó rápidamente para ayudar al viejo a bajar. Ya para despedirse le dijo: -don Juve, no sabe cuánto gusto me dio conocerlo, gracias por ir a verme a la oficina; de hoy en adelante es usted bienvenido a visitar la estación el día que guste, esté o no esté yo. –Gracias señor ingeniero, que pase asté buenas tardes. Mariano empujó la puerta y el viejo entró; lo siguió con la mirada en su lento caminar hasta la casa, entonces jaló la puerta para cerrarla y volvió a la camioneta. Encendió el motor y avanzó unos metros hasta donde la obra del drenaje lo permitió; le costó un buen número de movimientos hacia adelante y en reversa dar la vuelta para regresar. Repitió otra vez la maniobra de trepar la camioneta a la guarnición al pasar junto a las piedras y luego estuvo en la carretera. Llegó a la entrada justo en el momento en que un trabajador cerraba una de las hojas de la reja, la abrió de nuevo para dejar pasar al jefe; -dispense inge, creí que alguien había olvidado cerrarla -explicó. –Descuide, ciérrela ya, gracias...
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